sábado, 2 de diciembre de 2006

Relevo (2.'en el despacho')

Era pronto aun, las 11 de la mañana. Había volado toda la noche y había llegado temprano al aeropuerto. El taxista había dado más vuelta de la necesaria, pero me daba igual, me apetecía dar pasear y recordar lo poco que me gusta Madrid. La factura iba a pagarla la empresa. Me reconfortaba ese pequeño acceso de maldad, estar callejeando cerca del parque del retiro costándole a mi jefe in dinero innecesario.

Primero tenía que pasar por la oficina a firmar unos papeles y recoger las llaves de su nuevo piso. El portero me saludó efusivamente. Estaba cojo y era calvo desde los 30 años. A pesar de todo tenía mujer e hijos. “Cualquiera puede casarse”, pensé. Iba con prisa, pero le agradecí los cinco minutos de conversación durante los que me enteré de que al pobre hombre habían operado de la espalda hacía un mes. Para colmo su mujer se había separado de él ("le habrá dejado por calvo", pensé) mediante un divorcio express que consiguió tras argumentar unos malos tratos que no existieron nunca. O eso decía él. Desde luego yo no le veía capaz ni de matar una mosca. Ahora estaba en juicio, soltero y en postoperatorio. No encontró la diferencia. Estaba en rehabilitación, cicatrizando en general.

El taxi esperaba y la factura seguía aumentando. Podría haber acabado la carrera ahí; hubiera sacado la maleta del taxi, el cojo cicatrizante se la habría cuidado gustoso y yo habría subido tranquilo a hacer lo que tenía que hacer. Pero en realidad no necesitaba esa tranquilidad, estaba disfrutando estúpidamente con aquello.

Sabía que llegaba tarde, no demasiado, pero si suficiente. En el descansillo me encontré con el tipo al que tenía que sustituir. Lo normal era no verle, de hecho no le había visto nunca en persona, pero le conocía por fotos. Aquel era uno de esos auténticos gilipollas melancólicos que necesitaban la tristeza como un hemofílico necesita la sangre. Irascible y depresivo. Burdamente irónico. Torpe, triste y marrón. Ojos lluviosos y humor dicotómico. Una calamidad imbuida de un patetismo que se acentuaba notablemente con los sarcasmos mal logrados que soltaba como si fuesen genialidades. “Es la última vez que me quedo mas tiempo por que a ti no te sale de los cojones llegar a tu hora. Pero ¿quién te has creído que eres? ¿qué piensas, que yo no tengo más cosas que hacer? ¿eh? ¿crees que eres el único con una agenda apretada? Mírate, con esa maleta vieja. Vaya cara de pasmado, ¿qué miras? Aprende a ser un profesional”. No le partí su puta bocaza por no tocarle. Prefería dejarle marchar después de su monólogo, frustrado por no haberme inmutado con su retahíla de preguntas y ataques personales. Patético berrinche. Los dos sabíamos que no podía irse hasta que yo no llegase a la ciudad, éramos parte de una sucesión, yo iba después de él como el lunes va después del domingo.

El jefe no dicho nada, sabe que no merece la pena discutir, las cosas cambian con el tiempo y normalmente no hay nada que hacer. Nada más entrar me dio la mano y se puso detrás de la mesa a mirar por la ventana. Era un octavo con buenas vistas. Tardó un par de minutos en darse la vuelta y yo ya había tomado asiento en una vieja silla coja de patas metálicas forrada de “piel”. La suya, sin embargo, era una butaca mullida de Piel marrón. Había que dejar claro quién mandaba. Sentado en mi silla era imposible revelarse, imposible tener orgullo, imposible tener valor y sentirse suficientemente bueno como para ascender y desbancar al jefe de su butaca y su despacho con vistas. Era una batalla psicológica perdida de antemano. Para ganar, había que evitar aquella silla. Yo acababa de perder. Pero era una batalla que no me interesaba, estaba mejor así: viajando. Además, ya lo dije: no me gusta Madrid. No sé por que tendría que querer quedarme aquí. Prefiero el hemisferio sur. Me gusta sentirme pobre, estar con los débiles. En el fondo, yo también tengo algo de melancolía, pero no es un sinónimo de mi mismo. Yo no soy melancolía. Esa tristeza solo me roza, no nos conocemos, nos sentimos, pero no nos analizamos, no profundizamos en uno en el otro, nos besamos y nos dejamos marchar.

“No se lo tengas en cuenta, ya sabes cómo es", dijo en cuanto se hubo acomodado, "le he ofrecido baja por depresión, que se tome unas vacaciones, pero no quiere. Dice que morirá trabajando”. Suspiró, se sentó, se inclinó hacia su derecha y abrió uno de los cajones del escritorio. Sacó unos papeles, los colocó encima de la mesa y les echo un vistazo rápido por encima. Lamió repugnantemente el dedo corazón de su mano izquierda –es zurdo- y pasó las páginas. Seis, conté. Agrupadas por parejas y en un intervalo de colores blanco-rosa, blanco-rosa, blanco-rosa. “Toma, tienes que firmar las blancas aquí abajo”, dijo señalándome con el dedo la esquina inferior izquierda. Me sabía esos contratos de memoria, eran temporales, de aproximadamente tres meses, aunque yo también dependía de que me sustituyesen a tiempo, con lo cual tampoco me preocupaba. El día antes de irme simplemente me llamarán y me dirán: “mañana te vas, pásate a primera hora por el despacho con los informes y las llaves del piso”. Era sencillo.

Volvió a inclinarse.

“Estas son la llaves se tu piso. Calle del Limón número 16. Es un piso pequeño pero te apañarás.”

Me las meto en el bolsillo y me levanto. Entonces me acuerdo.

“Voy a necesitar algo suelto para el taxi, jefe.”
“¿Cuánto?”
“Pues no lo sé, había un atasco terrible para entrar –miento- y ahora está ahí abajo esperando.”
“Toma, 70€, es todo lo que tengo. El piso no está lejos de aquí, si te cuesta más que eso mándale a la mierda de mi parte.”
“Lo haré, jefe.”


(PD: mejor en primera persona)

viernes, 1 de diciembre de 2006

Relevo (1.'el apartamento')

Introdujo la llave en la cerradura y sintió las vibraciones del acoplamiento de los dietes en el interior. Giró a la izquierda y sintió que la puerta se liberaba del marco. Las bisagras crujieron primero agudo y después grave. Ante si encontró el apartamento desnudo. En las paredes, las marcas blanquecinas de cuadros ausentes. El olor a cerrado y a polvo en los rincones. La penumbra viciada y solitaria de una casa sin dueño.

Entró y dejó la maleta de piel allí mismo. Era un piso pequeño. Una habitación a la izquierda comunicaba con un salón modesto que quedaba en el centro, delante de la puerta, y del que salía, hacia la derecha, un pasillo que acogía un baño pequeño y una cocina dimunita. Detrás de la puerta de entrada encontró un paragüero y una pieza de madera clavada en la pared para colgar los abrigos. Se quitó la bufanda, la gabardina, y los colgó.

Fue al baño y abrió el grifo del lavabo y el de la ducha. Las tuberías se quejaron y vibraron con un sonido grutal y metálico que agitó un poco las paredes. A trompicones, como tropezándose, tosiendo como un abuelo asmático, el agua, amarilla, empezó a fluir. Los dejó abiertos mientras hacía pis y tiraba de la cadena; también mientras iba a la cocina a abrir el grifo del fregadero. Una vez allí encendió la caldera usando su mechero y buscó un enchufe para la nevera, pero iba a tener que separarla de la pared. No tenía fuerzas. Además, no tenía comida que refrigerar. Volvió al baño a cerrar los grifos y comprobó aliviado que el agua ya era limpia. Cerró el grifo del lavabo y el frío de la ducha: quería ver si la caldera calentaba. Al rato desistió. Regresó a la cocina y también cortó el agua. El silencio momentáneo dejó paso al murmullo de la ciudad, un susurro que se colaba por las ventanas sucias. Las abrió todas: la de la cocina, que a penas era un tragaluz; la del salón, por la que entró un viento helado que le limpió de antigüedad y claustrofobia los pulmones; y la modesta ventanita de la habitación.

No había armarios empotrados en ella, era un alivió. Siempre tenía la sensación de que la pared iba a tragarse su ropa. Tenía la sensación de que alimentaba a un gran monstruo de madera con un estómago que se perdía en el infinito de las paredes; un bicho insaciable atrapado entre los muros de carga del edificio; una bestia que intentaba liberarse para devorarlo todo: la cama, las cortinas, el sofá, la televisión. En esa casa desde luego no había nada más que devorar. El vater le pareció demasiado asqueroso incluso como para comida de armario empotrado, y la nevera tenía un especto fiero y no creía que el armario se hubiese atrevido a plantarle cara. No descartaba incluso que, en su calidad de electrodoméstico, la nevera saliese en defensa del televisor.

El armario no empotrado era, en fin, inofensivo, y estaba vació. La mitad de la izquierda por completo y la de la derecha tenía hasta media altura una estructura de madera con cuatro cajones, también vacíos. No lo ponía, pero tenían nombre: calzoncillos, calcetines, camisetas interiores, y resto de cosas. Debajo del cuarto cajón, el último empezando por arriba, guardaría dinero y cosas importantes. Era un sitio perfecto para papeles los papeles confidenciales que no manejaba y las cartas sexualmente explícitas de las amantes que no tenía.

Debajo de la cama, una caja de cartón remendada con cinta de celo ancha contenía a duras penas una manta verde, una sábana que había sido blanca y una almohada famélica que se había autoconsumido con el tiempo como un preso en huelga de hambre. Puso la caja encima del colchón y estiró la manta y la sábana. Volvió hasta la puerta y arrastró la maleta a la habitación para ponerla también sobre la cama. No había traído consigo mucha ropa a pesar de que sabía que tendría que estar unos meses. Colgó sus dos chaquetas con sus dos pantalones de vestir, también los dos pares de vaqueros de tela clara, las camisetas, tres negras exactamente iguales y una blanca, todas sin marcas ni nada más que color plano, un jersey de lana negra y unas zapatillas de andar por casa que tenían agujeros en la punta y las suelas despegadas por los laterales.

Los calzoncillos blancos idénticos los metió en el primer cajón. Los calcetines, todos del mismo azul marino oscuro, en el segundo. Las camisetas interiores en el tercero. En el cuarto metió la pistola, un par de bragas de su ex mujer, una foto de su ex perro jugando con su ex hijo, y un bloc de notas que había comprado en el aeropuerto y en el que sólo había escrito: “la vida es una mierda y hace frío”.

domingo, 26 de noviembre de 2006

¿A qué huelen los hospitales?

El hospital olía a química y orina.

Aquella habitación de hospital olía a muerte y a desesperanza.

El hospital olía a orina, excrementos y cuerpos sucios, y algunos de los cuidados que prestaban a los enfermos eran tan repugnantes que…

El hospital olía a medicina y a enfermedad.

El hospital olía a chamusquina.

El hospital olía esa mañana a pintura fresca e insecticida.

El hospital olía bien, las flores de las visitas se amontonaban en las puertas de los pasillos donde al final se marchitaban...

En el hospital olía a resignación en todas sus interpretaciones posibles.

El hospital olía a espejismos, dolor y desinfectante.

Un hospital huele a desinfectante.

¡En el hospital huele a amor!

En el hospital huele a mierda. Huele a mierda con desinfectante. Quizá sea ese el olor del sufrimiento. Mierda, desinfectante y carne abierta.

El hospital huele a hospital.

El hospital huele a médicos.

El pasillo del hospital huele a asepsia, ese aroma sospechoso formado por la pugna de unos efluvios sobre otros.

El hospital huele a muerte. Flotan los cuerpos, y los ojos vacíos se pierden en las sábanas.

El hospital huele a químicos y detersorios.




Tengo una respuesta absoluta a la pregunta. Una conclusión simple e irrevocable. Absolutamente indiscutible desde cualquier punto de vista. Empíricamente comprobable. Aterradoramente definitiva. Los hospitales huelen a Betadine. Punto.

En mi casa se ha terminado la leche.

Desde que tengo memoria, esta es la primera vez que no hay leche en mi casa.

Una vez, cuando yo aun era muy muy pequeñito y estaba empezando a almacenar recuerdos, el coche de mi padre, se paró. Era un Renault 21 blanco que yo recuerdo más grande que un camión. Mi madre llevaba tiempo diciendo: "Carlos, estamos en la reserva", y él: "con la reserva se pueden hacer 50 km" (no pensaba que, si, se podían hacer 50 km, pero desde el momento en que empezase la reserva; que el coche estuviese en reserva no daba siempre 50 km inagotables por el hecho de la la aguja no bajase más). Mi madre insistía, pero ahora más behemente: "Carlos, cariño (ahi la behemencia), llevamos un rato en la reserva, a ver si nos vamos a quedar tirados que es de noche, estámos en algún sitio perdido en Burgos y tenemos un niño de poco menos de 4 años en la silla de atrás". Pero no hubo manera. "Carlos, cariño, sal a la carretera principal, echa gasolina y luego seguimos, que aunque sea más largo no tenemos prisa". Mi padre no hizo caso. El coche se quedó parado a unos 2 kilómetros de un pueblo donde había un surtidor. Cuando el coche se ahogó mi madre no dijo nada. Lo que hizo mi padre no lo recuero exactamente, solo sé que cuando salió del coche mi madre me dijo "tu padre es imbécil". Luego él abrió la ventanilla y dijo que iría andando (serían las 11 de la noche o así) al pueblo más cercano a conseguir gasolina. Volvió a la hora y media, cuando mi madre había pasado del imbécil al gilipollas y de ahi al irresponsable y cabezota hasta que se dió cuenta de que no volvía y empezó a preocuparse en una época sin telefonía movil, que era mala época para preocuparse. Carlos, mi papá, regresó triunfante con una botella verde de unos 5 litros llena de gasolina. Le había supuesto tal esfuerzo que pensaba que mi madre le iba a abrazar como a un salvador. Definitivamente algo imbecil si que era.

Mi madre siempre es muy previsora y, si por ella es, el depósito del coche nunca baja de la mitad. Mi padre no es así. Él siempre piensa que con lo que hay es suficiente como para llegar hasta cuando ya sea realmente evidente que no va a ser suficiente. Le gusta que el móvil se descargue del todo, por completo, antes de cargarlo. No compra más manzanas, ni más mandarinas, ni más yogurt, hasta que el que hay no se ha terminado. Con la impresora hace lo mismo. Sabemos que vamos a gastar muchos cartuchos de tinta, pero él los compra de uno en uno. De hecho, no compra más tinta hasta que el que hay no ha expirado hasta la última gota. No es suficiente con que el ordenador, amablemente, avise y diga que la tinta se acaba, eso para él no es una comprobación empírica, las letras impresas siguen siendo negras y hasta que no sea gris no hay que… no hay que empezar a imprimir en calidad ‘ópitima’, para vaciarlo del todo. Tiene que morir dentro de la máquina. Cuando imprimo en calidad óptima con un cartucho acabado me siento como un torturador nazi. Cuando ya se agota del todo, entonces es momento de comprar otro, pero claro, hay un momento de vacío en el que es imposible imprimir. Un intervalo que suele coincidir con alguna necesidad urgente de imprimir algo importante. Como el que sufre soy yo, sugiero que, cuando vaya a comprar, compre más de uno. Como sé cómo funciona si cerebro añado: no creo que la impresora vaya a romperse con el siguiente puesto y haya que desaprovechar más de uno. Algo que podría parecer una ironía impertinente. Que se lo parecerá, con razón, a quién lo conozca como funciona él.

He puesto algunos ejemplos, pero eso pasa con todo: las bombillas, el jabón… De la tinta acabé encargándome yo. Tenía siempre dos cartuchos, uno puesto y otro lleno, cuando el que estaba puesto se vaciaba metía el lleno y mandaba el vacío a rellenar. No hay que estudiar ingeniaría para hacer eso. Así, entre mi madre, mi hermano y yo, fuimos encargándonos del stock familiar.

Mi madre ya no puede ir a la compra por culpa de su espalda. Ella iba sola, a veces acompañada de mi hermano, pero ahora ya no puede (ir sola). Dejar que mi padre vaya a sólo a la compra es una temeridad por que no tiene capacidad de previsión excepto para cosas superfluas como el chocolate. La solución fue que mi hermano y yo nos turnásemos para acompañarle. He de reconocer a que a mi hermano se la da mejor que a mi. Tiene todas las existencias más presentes y, además, creo que le gusta. A mi me resulta aburrido e incluso a veces lo paso un poco mal por que mi padre, que no es tonto, sabe que va acompañado para que lo olvide nada, entonces invierte los papeles padre – hijo y me pregunta todo. ¿Café quedaba? ¿Canela no había verdad? ¿Estos son los cereales que le gustan a tu hermano, o son esos otros? ¿El tomate que compra tu madre es ese no? Y así todo, con lo cual la responsabilidad recae sobre mi, que tengo una habilidad especial para recordar lo que falta gusto cuando damos la rotonda de salida, en ese instante y no en otro. Lo descubro pero me callo. Como yo hago ese trabajo peor y no me gusta, se lo cedo gustoso a mi hermano que aprovecha para traer algún capricho. Básicamente lo que hace es cobrar el servicio. A mi me parece bien.

Mi hermano se encargaba de ir a comprar con mi padre (iban los dos como cazadores, magníficos depredadores en Nissan Micra) excepto cuando no podía. Unos días por que tenía un examen (1º de Bachillerato), había quedado, tenía que ensayar… Entonces yo estaba de suplente.

En condiciones normales, puesto que mi hermano tenía que estudiar, tendría que haber acompañado yo a mi padre a la última cacería, pero como aun sigo un poco convaleciente, le dije a mi hermano que no podía, que mejor fuese él. Es muy responsable y no creo que hubiese dejado de estudiar por muchas otras razones, pero es que esta sin duda era de causa mayor. La diferencia podía ser abismal. Hizo un esfuerzo, pero claro, tenía la cabeza llena de clorofila y moleculitas (examen de biología) y se olvidaron de la leche. Se acordó de camino supongo, pero no dijo nada. Él también tiene derecho.

Ahora resulta que no hay leche en mi casa y es domingo. Se ha terminado por la mañana. Es horrible. La leche aquí es como el agua, solo que en vez de salir del grifo sale de la nevera del garaje. Pero esa es la única diferencia. Al abrir la nevera del garaje tengo la misma seguridad de que habrá leche que de que habrá agua cuando tire de la cadena, no hay diferencias. Esto es una especie de mini crisis familiar. Tenemos que ser fuertes…

Dios, ¿qué voy a desayunar mañana?

Fuerza y honor.

viernes, 24 de noviembre de 2006

Cojear con muletas y cojear sin muletas.

No tiene nada que ver. Cuando uno cojea con muletas, y más si tienes una venda, o mejor, una escayola que se vea bien, la gente te mira como a un lisiado provisional. Piensan que quizás te hayas hecho daño haciendo deporte, jugando al rugby, al fútbol o en una caída tonta haciendo senderismo. Observan la destreza con la que te manejas bajando las escaleras del metro, o cómo te apañas para llevar un café en una mano y andar con una muleta a la pata coja hasta la mesa. Si haces gestos de dolor al sentarte o al girar el pie de una forma errónea, te miran como pensando: “pobrecillo, no se lo merece”. Los que te conocen bien te preguntan como fue y piden detalles. Incluso hay gente por la calle que te conoce de vista y se atreve a preguntar si te duele y cuanto te queda. Las amigas de tu madre te recomiendan a su fisioterapeuta, qué es buenísimo, y los vecinos dicen “¡ay! seguro que te lo has hecho por hacer el bruto, si es que…”.

Cuando cojeas sin muletas no eres un lisiado provisional, eres un enfermo. La gente te mira con compasión, como a un inválido crónico que lleva tanto tiempo lisiado que ha aprendido a manejarse sin muletas en un acto mezcla de esfuerzo personal y renegación de su problema. No te admiran por la destreza con la que consigues corretear un poco hacia el autobús, no te ayudan. Algunos parece hasta que tienen miedo de que vayas a pegarles algún tipo de enfermedad. Aunque el movimiento anormal sea muy leve se nota en seguida. Es como la asimetría de un tabique nasal roto: aunque la desviación sólo sea de uno o dos milímetros se nota, el cerebro tiene archivada la simetría facial y las formas simétricas de andar, apoyando lo mismo en un pie que en otro, con pasos que acortan distancias equivalentes. Los que no saben qué te pasa no preguntan por miedo a que sea algún tipo de enfermedad mortal degenerativa. No están preparados para compadecerte hasta la muerte y prefieren no meterse en líos. Hacen como que no se han dado cuenta, te saludan, te preguntan por tu vida y luego se despiden y cuando han caminado un poco se giran para mirarte andar, para asegurarse de que si, de que estás enfermo.

Cabrones.

jueves, 23 de noviembre de 2006

Confesiones (5ª parte y fin)

Temí haber sido demasiado duro con aquello, pero era la verdad.

- Mira, ya no podemos volver atrás. Las cosas no son como antes, es imposible que lo sean. Lo que pase ahora es lo que deba pasar ahora, no lo que debería haber pasado hace seis años. Yo no quiero pensar que aquello me condicione ahora. No puedo quererte en base a unos recuerdos preciosos, que lo son. Y tú deberías darte cuenta de que tampoco puedes. Debería quererte por lo que eres ahora, y no por lo que eras. Yo sé que en aquella época estaba enamorado de ti, pero esa personita ha desaparecido, ha evolucionado y está sentada ahora delante de mí. Tiene el pelo más corto, las manos más frías, la voz más grave y ha empezado a fumar. - Se enjuagó una lágrima - No sé si estoy enamorado de ti, no lo sé. - Yo le enjuagué la siguiente.- Y te darás cuenta si lo piensas de que tú tampoco sabes si lo estás de mí, por que yo tampoco soy el mismo que era. Lo único que sé ahora, lo único cierto, es que todo vuelve a ser posible, que vuelves a estar a un palmo, y que si enfermas iré encantado a hacerte compañía, pero no sé nada más. Es mejor así. Deja que lo que tenga que ser sea sin más. Todo saldrá bien, ya verás.
- Tienes razón.
- ¿Te acompaño a casa?
- Si, por favor.
- Vamos.

FIN

Confesiones (4ª parte)

- Si.

Claro que lo comprendía, era muy fácil para mí comprender todo aquello. Ella también había estado en todo. Me pasó lo mismo.

- Claro que te entiendo. A mi me ha pasado algo parecido. Al principio, te eché muchísimo de menos y luego, muy progresivamente, muy poco a poco, como el que se cura de una enfermedad grave, fui necesitándote menos. Por eso tampoco te llamé ni te escribí tanto como me pedía el cuerpo, tenía que acostumbrarme rápido a tu ausencia, contactar contigo era un lujo me concedía muy de vez en cuando y sabiendo lo que arriesgaba. Me hice fuerte y casi sin querer empecé a culparte de que todo me saliese mal. No me concentraba del todo en nada, no podía dejar la mente en blanco. No llegué a empezar nunca una relación seria, me sentía un farsante estando con otras. Alguna noche me dejé llevar, pero sólo eso. Estabas ahí, en mi vida, y no podía sacarte del todo. Recuerdo el día que hizo un año que te fuiste. Pasaba frete a tu casa y veía otras cortinas, otras personas, otro coche en la puerta… No sé, ese día también yo lo pasé bastante mal y también bebí, aunque no acabé en la cama con nadie. Supongo que por que nadie quiso engañarme. – sonreí para subrayar que lo decía en broma, quería que se diese cuenta de que no importaba que hubiese dicho aquello; sonreí como una señal, pero no sé si lo captó así - Fue una de esas noches en las que uno no sabe qué va a ser capaz de hacer. Yo acabé solo. Completamente solo, como siempre. Me fui distanciando un poco de todo. Seguía manteniendo mis amistades de siempre, pero ya no formaba parte de los grupos, no estaba en todo como antes. Había días que salía con ellos y se pasaban la noche contando anécdotas de la noche anterior, y como no había estad,o me perdía. Me fui despegando del mundo, casi sin querer. Pasaron los años y yo cada vez era más introvertido y menos sociable, y eso no ayudaba a que conociese gente. No quiero decir que el hecho de que te fueses provocase todo eso. No, con el tiempo me he dado cuenta de que no es así, y por eso dejé de culparte. Yo tiendo a la soledad por naturaleza, al desarraigo, a la no pertenencia; que te fueses me dejó en mi estado natural: solo. – Yo no tenía cara de que todo aquello fuese algo del pasado, yo sabía que seguía siendo así y que me había ocurrido a mi. Hice una pausa y desistí de terminarme el resto del café, ya muy frío -. Mis amigos - contunué con esfuerzo- fueron teniendo novias, incluso los más estúpidos. En el fondo les envidiaba, me jodía verles tan contentos, tan acompañados, a esos que yo no creía que valiesen nada, que no sabían nada ni se interesaban por nada, que no eran capaces de mantener una conversación interesante durante más de 30 minutos. Tú no dabas señales de vida y hubo un tiempo en que me hundí y decidí, como tú, que tenía que olvidarte. Y creí haberlo conseguido. Mi problema con las relaciones se fue atenuando un poco, de hecho tuve algo parecido a una relación en un par de ocasiones, y hace una semana me dejaron caer que una chica de clase del año pasado estaba interesada por mi. Yo me he dejado querer, pero he sido incapaz de devolver ese amor. Les daba cariño, respeto… y poco más. Conseguir eso de mí ya era mucho. – Me estaba desviando del tema. En realidad no sabía cómo había llegado a este punto. intenté responder a su pregunta–. Comprendo que te haya dolido. Nunca pensé que fueses a regresar tan pronto. Que estés aquí para quedarte es algo que me cuesta asimilar. Realmente me acostumbré a tenerte lejos. –volví a hacer una pausa. Cambié la expresión triste por una más resualta, con un tono un poco más enérgico - En cuanto a lo de la agenda del móvil… te borré. No estabas, de haber estado te hubiese llamado cada vez que estuviese borracho. – Aquello era tan cierto y tan triste que me sorprendió soltarlo así, como si nada. Me quedé un momento en silencio y tuve la sensación de que ella iba a intervenir, pero no lo hizo – Tenía miedo de aprenderme tu número de memoria, así que cuando te llamaba no miraba las teclas para no memorizar. Era absurdo- dije riéndome-, miraba el número y una parte de mi cerebro fotografiaba el post it para retenerlo y la otra luchaba por sólo almacenar los numeritos de tres en tres, cerrar los párpados rápido y marcarlos sin mirar en el teléfono. – Lo recordaba como si estuviese viéndolo – Que triste. – Realmente me lo parecía.- Recuerdo que un día vino tu padre a casa, había bajado a Madrid por algo de trabajo y el mio le invitó a comer. Me preguntó por mi vida y yo a él por la suya. Cuando le pregunté por ti me dijo que te había ofrecido venir, pero que tú habías preferido quedarte. – Me quedé en silencio. – Podrías haber venido, ¿no?
- No quería hacerme daño.
- Creí que era estar lejos de mi lo que te hacía daño.
- Si, pero entonces no estaba preparada para venir, estar contigo, pasarlo genial, confirmar todo lo que pensaba que era cierto y llevaba ya años ocultándome y luego tener que volver a marcharme.
- ¡Ah! Entonces no, pero resulta que el verano que quedamos fue maravilloso. – nada tenía sentido – Pues perdona, pero no lo entiendo.
- Eso fue diferente.
- ¿Ah si? ¿En qué? ¿En qué fue diferente?- le dije mirándola, ahora si, a los ojos - Nos vimos ¿no es eso? Y también entonces tuvimos que despedirnos ¿o no?. Eso solo fue unos meses después, ¿tanto había cambiado la cosa?
- Aquello no lo planeábamos -dijo intentando justificarse-. Coincidimos: tú estabas allí y yo también. No tuve tiempo de ponerme a reflexionar sobre los pros y contras de verte. Era una ciudad neutral, que ninguno conocía y a la que habíamos llegado medio por casualidad. Sólo íbamos a estar allí un día los dos a la vez. No tenía que ver tu casa, ni la mía, ni a la gente de allí, ni el parque, ni nada. Sólo a ti. No me hubiera perdonado no verte.
- No te lo hubieras perdonado entonces pero sin embargo tu padre estuvo bajando a Madrid cada 3 meses durante años y nunca, nunca viniste con él. Eso también me lo dijo, que bajaba cada tres meses, que ya vendrías la próxima vez. Supongo que me lo dijo al ver como se me caía el alma a los pies cuando me dijo que no habías querido venir. Que no estabas ahí sentada a mi lado clavándome la mirada, básicamente, por que no querías ¿Crees que no contaba los meses? Bajó en Febrero y yo pensé que en Mayo o así tendría que regresar, y luego, quizás a principios de Septiembre… acabé perdiendo la cuenta. Ya no vino más a casa. A veces, cuando venía, mi padre y él se veían y tomaban unas copas, pero también fueron perdiendo el contacto. Dejó de venir. De hecho mi padre acabó preguntándome si yo lo mantenía contigo y cuando no lo negaba en rotundo, aprovechaba para preguntarme tu padre, que si estaba bien. ¿Cómo iba yo a saberlo? Le decía que si, que muy bien, y ya está.
- Lo siento, siento no haber bajado.
- Es que no es que lo sientas o no lo sientas. Es simplemente que las cosas no cuadran, que no me puedes decir que me echaste de menos con todas tus fuerzas, que arruiné tus relaciones, decirme que fue maravilloso verme y luego reconocer que no quisiste bajar nunca. No dudo que ahora lo sientas, pero es que ahora es muy fácil sentirlo: ahora estás aquí.
- No hace falta que me comprendas...
- ¡Claro que hace falta! - dije sin que ella terminase la frase-. A mi si me hace falta.
- Escucha... - susurró acariciándome la mano - sé que no tiene mucho sentido, yo tampoco sé explicarme. Solo quiero que lo olvides, que pienses en ahora, en que estamos juntos otra vez y todo puede volver a ser como debería haber sido. ¿Qué más da ya el pasad? Ahora podemos empezar ahora lo que no pudimos empezar entonces.
- Ahora los dos somos personas diferentes Laura. Ya no tenemos 15 años. Somos distintos.

Ella se quedó callada.